Sergio Berrocal (Colaborador de Prensa Latina)
29 de julio.- Me asustan las fotografías, las que conservan la imagen gracias al hiposulfito, producto químico que en mis tiempos de esperanza y redención de París utilizábamos también para refrescar las botellas de cerveza. Las fotos numéricas no tienen magia.
Me dan miedo las fotografías porque estoy convencido de que más allá de la imagen contienen un trocito del fotografiado, un pedacito de la existencia en el momento en que entró en juego el obturador. Y te hablan, te cuentan mil historias y, lo que puede ser peligroso, a veces te echan en cara cosas de las que tú ni te acordabas.
Una vez, cuando en la Agencia Keystone Press de París (entre 1957 y 1960) aprendía el complemento periodístico indispensable que era la gráfica, comprendí que la leyenda de que los nativos de algunas tribus creen que pierden parte de su alma cuando les fotografían no era un cuento más.
Durante un reportaje con mi Rolleicord 6x6 le robé sin saberlo el futuro a una muchacha que hoy tal vez hubiese podido estar escribiendo sus memorias sobre su vida con el último rey de Iraq.
Al principio, ella, princesa árabe prometida por su familia al último rey de Iraq, Faisal, un muchacho de unos 18 años, su misma edad, no quería saber nada del reportaje porque pensaba que podía molestar a su novio de compromiso. Pero insistí tanto que accedió a la entrevista con fotos.
En una de las que le hice en su piso de elegancia minimalista del distrito dieciséis de París, donde aguardaba como una monja el momento de volar a Bagdad para unirse de por vida con uno de los últimos reyes de las Mil y una Noches, acerqué a su sillón una foto del novio y conseguí que la princesa clavase en ella sus ojos. Aunque probablemente no había más enamoramiento que el de un arreglo entre familias poderosas.
Dos días después, el sonriente novio con bigote de conquistador era liquidado de la foto, y de la vida, por un golpe de Estado que le mandó a fusilar. Era el 14 de julio de 1958. El oficial al mando de la sedición, creo que Abdul Karim Qassim, tenía un sentido muy teatral de la historia.
Luego, mucho luego que digo yo, los norteamericanos "vengarían" a la princesa acabando con Sadam Hussein. No volví a verla. Me hubiese muerto de vergüenza pero también temía que me pidiese cuentas.
La bailarina y actriz cubana Chelo Alonso mira hacia el cielo de su casa parisiense al que hemos arrojado fotos y revistas que vuelan. Tiene los ojos más esperanzadores del mundo y su pierna derecha enfundada en un pantalón de raso negro se levanta con la misma gracia que le valían aplausos delirantes en cada función de la mítica sala parisiense Folies Berg.
La instantánea completa de aquella foto abarca con un objetivo gran angular todo el salón de Chelo, un ventanal inmenso y rococó que se abre sobre una casa de enfrente desde la que dos hombres la miran con el mismo éxtasis que sentía Santa Teresa de Jesús cuando levantaba los ojos al cielo.
Chelo ha quedado para siempre atrapada en mi foto. Pero no sé si hubiese preferido irse y no quedarse para la eternidad conmigo. De vez en cuando me sonríen sus ojos profundos. No me atrevo a decirle nada.
En otra vieja instantánea, de 1957, Salvador Dalí habla a un mozalbete que le mira con el desparpajo de los diecisiete años triunfales. El ya ha empezado a madurar. Me da vergüenza no poder salirme de la foto y decirle: "Maestro, yo le estoy entrevistando sin saber a ciencia cierta qué genio es usted, sólo lo que dicen de sus excentricidades".
De La Habana, esa ciudad que yo tanto amo pero que nunca me adoptó, quizá porque hay que tener más méritos para lograrlo, conservo una foto colorida charlando con una amiga del alma en lo que siempre me pareció una capilla.
En otra, tres amigos cenamos en el restaurante La bodeguita del medio.
Hay otras. Otros amigos cineastas bajo las galerías del Hotel Nacional que no he vuelto a ver y que probablemente ya me han olvidado. Otros que se fueron para siempre jamás.
Tengan cuidado con las fotos. Estoy convencido, y ello es fruto de una larga experiencia profesional y personal, que los seres queridos que nos miran desde una cartulina se comunican con nosotros. Y que podrían enfadarse un día. Incluso cantarnos nuestras tres verdades.
Después de una vida que he dedicado a amar el cine, las imágenes que desfilan como la vida, confieso que me quedo con la foto fija, invariable, inmutable, pero que conserva todos los secretos fijados por el hiposulfito.
No lo olviden: cuando se creó el mundo, primero fue la imagen.
Pero, hombre, usted no sea tan cobarde, no le de la vuelta a esa foto sepia que le observa desde la mesita del comedor. Y no crean que podrán salvar sus almas acudiendo al Photoshop que manipula cualquier imagen. Todas menos las fijadas con hiposulfito.
Créanme, he intentado romper la maldición y no lo he conseguido.
La foto de la princesa triste la perdí hace mucho tiempo. No entiendo por qué aunque pienso que llegó a hacerme responsable de su desgracia.
Las otras siguen donde las he puesto. Todos los días las vigilo. Nunca se sabe. Ellas también me vigilan y algunas me interrogan con los ojos.
Prueben a mirar esas fotos blanco y negro o color que tienen ustedes a su alrededor cuando caiga el día y la calle quede callada por un momento.